Monday, December 25, 2006

(1938- ) Teólogo católico brasileño, n. en Concórdia (Santa Catarina). Fraile franciscano, estudió teología en el instituto de su orden en Petrópolis y en varias universidades, doctorándose en Munich (1972) bajo dirección de K. Rahner. En Petrópolis enseñó teología positiva y teología de la liberación, movimiento latinoamericano que le ha contado entre sus animadores. En 1985 la curia romana le imponía «obediente silencio» por tiempo indefinido. El teólogo acató la censura hasta 1992, en que anunció su decisión de dejar el clero y su orden. Boff ha sido activo publicista en revistas de su especialidad y es autor de libros en que conjuga el rigor técnico con la espiritualidad franciscana, y su línea conceptual es clara ya desde su primer título: Jesucristo, liberador (1971), al que siguieron Teología de cautiverio y liberación (1972), El rostro maternal de Dios (1979, obra polémica porque descubría rasgos femeninos en la divinidad); Iglesia: carisma y poder (1980), su obra más agresiva; San Francisco: un modelo de liberación humana (1984). Tras su período de silencio ha dado a luz nuevos títulos: El evangelio del Cristo cósmico (1989), La nueva evangelización: la perspectiva de los oprimidos (1990), Ecología y espiritualidad (1991).

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Leonardo Boff: “Me siento defraudado”

La elección del nuevo Papa ha provocado opiniones divididas sobre la labor que desempeñará Benedicto XVI al frente de la Iglesia Católica.

Esto se debe a la postura conservadora que tiene sobre los temas más controvertidos como la pobreza, el aborto o la homosexualidad -algo que complace a algunos y frusta a otros-.

Como cardenal, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger estuvo involucrado en las mayores polémicas de la institución católica.

Uno de los directamente afectados fue el ex cura franciscano Leonardo Boff, teórico de la llamada Teología de la Liberación, quien tuvo que renunciar al sacerdocio, luego de ser sancionado en varias oportunidades por esta Congregación.

Un día después del anuncio del nuevo Pontífice, Boff explicó a BBC Mundo de qué manera la elección de Ratzinger podría afectar a la Iglesia Católica.


Unos dicen que un Pontífice con convicciones muy firmes será bueno para la Iglesia, por otro lado hay quienes consideran que será nefasto para los pobres del mundo. ¿Cuál es su opinión?

Creo que Ratzinger tiene una limitación: que no tiene ninguna duda, y los que no tienen dudas no están abiertos al diálogo y tienen dificultad de aprender.

No basta con tener convicciones muy seguras y la impresión de tener el monopolio de la verdad, porque eso puede conducir a una actitud fundamentalista.

La Iglesia debe entenderse con la humanidad, no debe estar separada de ella, ni arriba de ella, ni como maestra de ella, sino como una discípula.

Yo creo que siempre hay que tener la perspectiva del diálogo, de aprender, de construir juntos. Esto es para mí la prioridad en este momento de la humanidad, en el cual nadie sabe hacia dónde vamos. Ni la iglesia lo sabe.

Usted hablaba de otras visiones del mundo y el ahora Papa criticó en el pasado el relativismo eclesiástico que usted defiende. ¿Cree que Ratzinger será un Pontífice abierto al diálogo? ¿Que será abierto a estos problemas acuciantes, sobre todo la pobreza?

Habría que esperar sus pronunciamientos como Papa, porque si analizamos la homilía que ha hecho a los cardenales antes de entrar en el cónclave, es una perspectiva muy pobre.

Habla solamente de la Iglesia y combate las visiones del mundo: el marxismo, el agnosticismo y la dictadura del relativismo.

En todos estos “ismos” habría que añadir el “romanismo”, que creen que todo está alrededor de Roma, y eso no es verdad.

Esta actitud de Ratzinger es una actitud defensiva y esto no es bueno porque parte del miedo.

El miedo es un consejero malo, porque evita el diálogo.

Una iglesia no puede aislarse de ese movimiento más grande de la humanidad.

Entonces, ¿se siente defraudado por la decisión del cónclave cardenalicio?

Si, yo me siento defraudado porque yo me esperaba alguien que suscitara esperanza, en el sentido de un rumbo nuevo de la Iglesia, más diálogo, más apertura.

Como cardenal, Ratzinger trabajó 23 años en Roma como vigilante de las doctrinas y ha mostrado su perfil.

Yo creo que ese perfil va a agravar la situación de la Iglesia, porque hay mucho dolor, mucha amargura y muchas divisiones internas de la Iglesia.

Lo que hay que hacer es pacificar la Iglesia. Hay que crear una atmósfera de fraternidad y convivencia donde no haya temor.

Muchos colegas teólogos temen ser castigados si hablan. Una atmósfera así no es buena para nadie.

La Iglesia necesita libertad, creatividad, para cumplir mejor su tarea.

Yo me temo que el Papa no alimente ese tipo de cosas.

En 1992 usted renunció al sacerdocio, luego de ser sancionado en varias ocasiones por la Congregación para la Doctrina de la Fe que era encabezada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. En términos de cualidades personales, ¿qué recuerda de Ratzinger?

Para ser honesto, hay que decir que es una persona extremadamente elegante, cortés, sumamente inteligente, un teólogo muy erudito, que maneja toda la tradición de la teología. Tiene un pensamiento extremadamente cartesiano, con ideas claras y distintas.

Pero no tiene cordialidad en el pensamiento. No es un pensamiento de la complejidad, es un pensamiento que no tiene dudas. Y es peligroso no tener dudas.

Pertenece a la condición humana el hecho de que somos fenómenos cuánticos, somos imponderables, tenemos muchas virtualidades, muchas direcciones y eso es lo típico de la persona de la Iglesia.

En cuanto a los cardenales latinoamericanos que eran más cercanos a lo que fue la corriente de la Teología de la Liberación, ¿qué cree que va a pasar con ellos?

Yo creo que Roma, el Vaticano y el cardenal Ratzinger -ahora Papa- consideran la Teología de la Liberación algo resuelto.

Ellos han publicado dos documentos oficiales, uno en contra y otro descartando valores de esta corriente, que -según ellos- han devuelto el orden en la Iglesia. Por lo que no van a volver con esto.

¿Cree que el nuevo Papa va a defender el ideal del Jesús humilde?

Creo que es difícil hablar de un Jesús pobre y humilde dentro de palacios romanos.

¿Esto quiere decir que la solución estaría, por ejemplo, saliéndose de lo que es la estructura actual de la Iglesia Católica?

La alternativa es hacer lo que muchos obispos hicieron en América Latina, donde algunos cardenales vendieron sus palacios para irse a vivir a casas sencillas.

La Iglesia tiene que tener esa valentía y decir “todo eso que hemos creado en el Vaticano, con obras fantásticas, pertenece a la humanidad. Vamos a transformar eso en un inmenso museo”.

Con esto, la Iglesia va a vivir más humilde, en sitios donde pueda organizar sus servicios con decencia, con todo lo que se necesita hoy en el mundo moderno, fuera de los símbolos del poder palaciano, del poder curial, del poder de los reyes.

Esto es posible, pero hay que tener la valentía de un Papa como Juan XXIII, que de el paso del centro hacia la periferia.

Para finalizar, los tremendos desafíos relacionados con la pobreza creciente en América Latina han llevado a muchas personas a buscar otras salidas. ¿Qué es lo más acuciante en la región en términos de pobreza? ¿Qué es lo que el Papa tiene que entender?

Para mí más acuciante que la pobreza y la miseria es la desigualdad.

Los ricos se hacen cada vez más ricos a costa de los pobres, cada vez más pobres.

La fosa crece a nivel continental y mundial, con el riesgo de que se bifurque la familia humana.

A mi juicio, el primer desafío del Papa es decir que todos somos humanos, hermanos y hermanas.

Ese sería el discurso mínimo de una ética y también sería algo profundamente cristiano, porque Cristo vino a la humanidad, y no a una parte de la humanidad.

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Leonard Boff (n. 1938) es un teólogo, filósofo y escritor nacido en Concórdia, Estado de Santa Catarina, Brasil, conocido por su apoyo activo a los derechos de los pobres y excluidos.

Es uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, junto con Gustavo Gutiérrez Merino.

En 1985, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger (hoy Papa Benedicto XVI) lo silenció por un año por su libro La Iglesia, Carisma y Poder, donde criticaba a la la Iglesia Católica Romana.

Estuvo a punto de ser silenciado de nuevo en 1992 por Roma, para evitar que participara en el Eco-92 de Río de Janeiro, lo que finalmente lo llevó a dejar la orden franciscana, y el ministerio presbiteral.

Ha trabajado como profesor en los campos de teología, ética y filosofía en Brasil, además de conferencias en muchas universidades en el extranjero, como Heidelberg, Harvard, Salamanca, Barcelona, Lund, Lovaina, París, Oslo, Turín.

Boff ha escrito más de 100 libros, traducidos a muchas lenguas del mundo. En 1997, el Parlamento Sueco le otorgó el premio Right Livelihood.

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Los años perdidos del cristianismo

2006-05-05


  La publicación del Evangelio de Judas, escrito apócrifo tardío de naturaleza gnóstica, suscitó un interés general sobre el cristianismo de los primeros tiempos. Últimamente este tema ha ocupado la investigación científica, especialmente en Estados Unidos, con minuciosas investigaciones acerca de los llamados «años perdidos del cristianismo», que son los años 30 y 40 del siglo I, aquellas oscuras décadas posteriores a la ejecución de Jesús. A partir del inicio de los años 50, con las cartas de san Pablo y después con los cuatro evangelios, disponemos de abundante documentación. Pero, ¿qué ocurrió en los años anteriores?

Las fuentes son exiguas, como el evangelio de Tomé, la Didajé y la Quelle («fuente» en alemán, sub-texto común a los evangelios de san Lucas y de san Mateo), todos anteriores al año 50. Varios son los investigadores católicos y evangélicos que se han destacado en este área como H. Köster, J. Kloppenborg, D. Kyrtatas y P. Brown entre otros. Pero el más perspicaz y erudito de todos es el católico irlandés-estadounidense J. D. Crossan, presidente de la sección sobre el Jesús histórico de la «Society of Biblical Literature» y coordinador del «Jesus Seminar». Entre sus distintas obras se destacan principalmente dos: «El Jesús histórico: la vida de un campesino judío mediterráneo» (1991) y «El nacimiento del cristianismo: lo que sucedió en los años inmediatamente posteriores a la ejecución de Jesús» (1998). Este último, con más de 600 páginas, representa una combinación interdisciplinaria de enfoques antropológicos, históricos, literarios y arqueológicos en un intento por reconstruir los contextos que permitieron el nacimiento del cristianismo como interacción de Jesús con sus compañeros y con el mundo que les rodeaba.

Así, hemos venido a saber que muchos artesanos y campesinos, como Jesús y su grupo, vivían en la resistencia radical pero no violenta contra el desarrollo urbano de Herodes Antipas y el comercialismo rural de Roma en la Baja Galilea de finales de los años 20. El contexto más general era la oposición cerrada por parte de la patria judaica al internacionalismo cultural griego y al imperialismo militar romano.

El cristianismo histórico, según Crossan, es fruto de tres tradiciones que se fueron entrelazando. La primera es la Tradición de la Vida, que enfatiza los dichos de Jesús y propone un modo de vida inspirado en sus comportamientos libertarios. Tiene un cuño campesino, pues medró en la Galilea rural. La segunda es la Tradición de la Muerte y de la Resurrección, que procuraba entender por qué Jesús fue asesinado si después fue resucitado. La resurrección era entendida en el cuadro de la apocalíptica, que afirmaba el carácter cósmico del fenómeno: el comienzo de la renovación del mundo y de la transfiguración del ser humano. Ésta es más urbana, pues fue elaborada a partir de Jerusalén. La tercera es la Tradición de la comida común. Eran tanto comidas reales como comidas compartidas comunitariamente que simbolizaban la justicia equitativa de Dios. Lo importante no era el «pan», sino «repartir» el pan. En este contexto se situaba la celebración de la eucaristía. La Tradición de la comida unía las dos tradiciones referidas.

Para la Iglesia en estado naciente no eran suficientes los dichos, la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. Todo debía desembocar en la mesa común, en la comensalidad, pues es la que permite abrir los ojos a personas como los jóvenes de Emaús, y reconocer la presencia divina en este mundo. Estos datos son relevantes para entender el cristianismo en sus orígenes, más práctico que dogmático.

Política externa y nuevo paradigma

2006-05-26


  La crisis en las relaciones entre Brasil y Bolivia a propósito del gas, permitió que saliesen a la luz dos posturas fundamentales con referencia a las relaciones internacionales. Representan dos paradigmas de política externa: uno enfocado hacia el pasado, regido por la relación amigo-enemigo y por la confrontación; otro orientado hacia el futuro, guiado por la relación del aliado y de la convivencia. Estas posturas aparecieron nítidas en los debates internos y están presentes en la política mundial dentro del proceso de globalización.

Ante todo necesitamos tomar conciencia de la singularidad del momento histórico que estamos viviendo. Nuestra percepción de fondo ha cambiado: nos descubrimos como especie humana, reunida en un espacio limitado que es el planeta Tierra. Todos somos interdependientes. Nuestro destino común se ha globalizado: o cuidamos de la humanidad y del planeta Tierra como un todo o, simplemente, no tendremos ningún futuro.

Los peligros reales pueden significar una oportunidad única para la sociedad mundial, oportunidad de reinvención de un nuevo paradigma de civilización, asentado sobre la hospitalidad general, la convivencia, el respeto, la tolerancia, la responsabilidad universal y la comensalidad. Aprendemos mucho del pasado, pero no nos es permitido repetirlo.

Sin embargo, hay una clase de políticos que, ante los problemas mundiales o regionales, apuestan por soluciones del pasado, que usan la fuerza y el enfrentamiento. El presupuesto teórico formulado por Carl Schmitt (+1985) y repetido por Samuel P. Huntington en «El choque de civilizaciones» dice: «la esencia de la existencia política de un pueblo reside en su capacidad de definir quién es amigo y quién es enemigo». Definido el enemigo, entra a funcionar la política del garrote y la satanización del otro. Es lo que ha sucedido en Brasil con respecto a Bolivia, por causa de la nacionalización del gas hecha por el presidente Evo Morales. La clase política conservadora y miope no vislumbró una política de mediano y largo alcance, adecuada a la nueva fase de la historia de bloques regionales y de constitución de la globalización de la política, que exige diálogo, negociación y conciliación de intereses con vistas a la convivencia pacífica.

Otro grupo de políticos, bien representados por el Presidente Lula y por el Ministerio de Relaciones Exteriores, se mueve dentro de un paradigma de futuro y de largo alcance, exigido por la nueva situación de la humanidad. Al enemigo y a la confrontación se contrapone el aliado y la convivencia. Se reconocen las diferencias, pero se buscan puntos en común, capaces de crear el bloque latinoamericano, con fuerza para dialogar en pie de igualdad con otros bloques y con otros intereses.

Solamente esta actitud sabia responde a la inquietud de cómo construir un futuro común, cómo habitar poética y prosaicamente el mismo mundo, cuál es la base común que nos permitirá el entendimiento recíproco y la construcción de convergencias en las diversidades regionales y globales… Estamos convencidos de que surgirá una Tierra multicultural, coloreada por todo tipo de valores étnicos, éticos y espirituales con una economía multidimensional y una política del bien general. El propósito mayor es un nuevo modelo de coexistencia, que forme una civilización planetaria interconectada.

Leonardo Boff

¿Desintegración creativa?

2006-01-06


  No soy profeta ni hijo de profeta. Soy hijo de profesor de primaria y de madre analfabeta. Pero como teólogo, fui educado para considerar continuamente la historia «sub specie aeternitatis», o sea, desde la perspectiva de la eternidad, manifestada en las Escrituras que narran la historia de un pueblo de referencia, el judeo-cristiano; y también bajo criterios éticos, que ayudan o dificultan la construcción de la ciudad humana.

Al considerar el estado de la Tierra y la escena política mundial, me lleno de temores. Podemos estar yendo al encuentro de una gran desintegración. Ésta reside en el hecho apuntado por varios analistas, comenzando por Marx, por el economista estadounidense de ascendencia húngara Karl Polanyi, y entre nosotros por el brasileño Michael Löwy: la economía se ha divorciado de la sociedad. Separada y desvinculada de todo control social, estatal y humano, está desbocada. Funciona obedeciendo a su propia lógica, que consiste en maximizar los lucros, minimizar las inversiones y acortar al máximo los plazos. Y eso, a escala mundial, y sin ninguna precaución ecológica. Todo se convierte en un gran «Big Mac», todo es metido en el saco del mercado: salud, cultura, órganos, religión… Es un signo de la «corrupción general y de la venalidad universal», como decía Marx en 1847 («Miseria de la filosofía»). Es «La gran transformación» -como la caracteriza Polanyi- nunca antes vista.

El efecto más desastroso de esta transformación consiste en reducir al ser humano a un mero productor y a un simple consumidor. Lo demás son ceros económicos despreciables: personas, clases sociales, regiones y naciones enteras. El trabajo muerto (máquinas, aparatos, robots) suplanta al trabajo vivo (los trabajadores). Todo se reduce a mercados que hay que conquistar para poder acumular de forma ilimitada. El motor que preside esta lógica es la competencia, lo más feroz posible. Sólo sobrevive el fuerte; el débil no resiste: desiste e «in-existe».

Ocurre que esta ferocidad topa con un límite: la naturaleza, cuyos recursos son limitados y su capacidad de resistencia no es infinita. Y la naturaleza no es respetada. Si lo fuese, la economía se estaría destruyendo a sí misma… Por eso, tiene que talar la selva amazónica, para continuar lucrando. La Tierra, últimamente, está mostrando su venganza: el supercalentamiento, los huracanes, las sequías, las inundaciones… y, en el nivel humano, una creciente violencia en las relaciones sociales. El estudio sobre el clima realizado por el Pentágono advierte: en las próximas tres décadas, el cambio climático será mucho más peligroso que el terrorismo. La humanidad puede entrar en una anarquía generalizada. Tiene que cambiar de rumbo. Pero, ¿va a querer hacerlo?

Veo mucha sabiduría en esta afirmación: el ser humano aprende de la historia que no aprende nada de la historia, sino que lo aprende del sufrimiento. Es el sufrimiento lo que le hace cambiar. Cuando el agua le llega al cuello, el ser humano da una sacudida y hace lo que sea para cambiar, o muere.

Tal como van las cosas, se nos está preparando un gran sufrimiento, ya sea de orden ecológico, o económico-social. Si fuésemos racionales, podríamos evitarlo. Pero como nos mostramos irracionales e insensatos, no queremos cambiar de camino, y continuamos acercándonos a una posible desintegración. Pero, consolémonos: la desintegración es siempre creativa, y el caos resulta generador, como testimonian los cosmólogos contemporáneos. Se abren posibilidades de otros órdenes.

¿Qué alternativas hay a la desintegración? En la próxima reflexión volveremos a este tema tan preocupante y siniestro.

Leonardo Boff

Dramatización mediática: ¿a quién sirve?

2005-06-10


  La embriaguez mediática provocada por la muerte de un Papa y la entronización de otro o por la fiesta del Corpus Christi, que moviliza millones de personas, puede inducirnos a error en cuanto al verdadero significado de las expresiones religiosas. Éstas manejan símbolos que, por su naturaleza, son inevitablemente ambiguos. Todo símbolo posee dos direcciones. Una apunta hacia fuera, a lo Sagrado –para eso existe–, la otra apunta hacia él mismo, con el riesgo de olvidar lo Divino y lo Sagrado y considerarse a sí mismo como un fin. Es lo que sucede con más frecuencia. Entonces se produce una inflación en la profusión de imágenes religiosas, hábilmente construidas por los maestros de la dramatización, a fin de producir emociones y más emociones, poco importa si éstas evocan o no lo Sagrado. Cambios de vida no se dan, ni es lo que se pretende. Los files se electrizan, irrumpen en lágrimas, gritan pidiendo milagros y canonizan inmediatamente a su líder religioso: “Santo súbito”, “santo, ahora mismo”. Muchos cardenales, obispos y sacerdotes se llenan de satisfacción, pues ven en ello el triunfo de la religión contra las críticas y las sospechas levantadas por la modernidad.

Pero, atención: aquí puede haber una trampa. No basta la emoción, se necesita la reflexión (teología) para poner en claro el problema. La práctica originaria de Jesús y de la Iglesia de los apóstoles va en dirección contraria a la escenificación pública. Jesús ante tales multitudes usaría un discurso que ningún medio de comunicación reproduciría, pues seguramente sería como un ruido insoportable: «Conviértanse, cambien de vida, cuiden del hambriento, hagan justicia al oprimido y no disocien el amor a Dios del amor al prójimo, pues ambos son una sola cosa».

Como en tiempo de Jesús, ante tal discurso, las multitudes se marcharían, o menguarían. Y los que tomasen el mensaje en serio pondrían en marcha una verdadera revolución molecular y construirían una humanidad más sana. ¿Imaginan la revolución social que habría en Brasil si los millares de escuelas cristianas y las muchas universidades católicas sólo enseñasen y llevasen a sus alumnos a vivir este precepto de Jesús: «amen a los otros como a ustedes mismos y cuiden de los pobres»? ¿Por qué no ocurre?

Porque aquí se confrontan dos tipos de cristianismo: el devocionista y el liberador. El devocionismo vino con la colonización y es hegemónico. No pone el acento en el cambio sino en aceptar la doctrina propuesta por la Iglesia. Sin la sana doctrina, se dice, nadie se salva. Pero debido a la ignorancia generalizada, pocos la conocen. El recurso, entonces, es la devoción a los santos fuertes, de ahí el devocionismo. El criminal Escadinha antes de realizar un asalto, hacía la señal de la cruz y se agarraba al escapulario de Nuestra Señora Aparecida, pues, según él, la Santa le ayudaba. He ahí el devocionismo, desligado de la ética y del cambio de vida. Ese tipo de fe no es cristiana, es fetichista. Pero es lo que se practica comúnmente.

El cristianismo liberador siempre ha estado presente, pero sólo adquirió relevancia a partir de los años 50 del pasado siglo. Lo que salva no son las prédicas sino las prácticas. La doctrina desvinculada de la práctica de la justicia, según Jesús, es letra que mata, es ausencia del espíritu que vivifica, es hacer al ser humano para el sábado y no al sábado para el ser humano. Si no rescatarmos esta visión estamos haciendo el juego al mercado mediático. Éste, usando la religión, busca sólo entretener, lucrar, nunca cambiar a las personas y al mundo, pero eso es lo que importa.

Leonardo Boff

Rejuvenecer como águilas

2004-12-31


  Más que hacer un balance de 2004 es importante mirar hacia dentro de nosotros mismos e identificar las energías que necesitamos para enfrentar los desafíos de 2005. Pensando en esto, me acordé de un mito de la antigua cultura mediterránea sobre el rejuvenecimiento de las águilas. De tiempo en tiempo, reza el mito, el águila, como la fénix egipcia, se renueva totalmente. Vuela cada vez más alto hasta llegar cerca del sol. Entonces las plumas se incendian y toda ella comienza a arder. Cuando llega a este punto, se precipita desde el cielo y se lanza cual flecha en las aguas frías del lago. A través de esta experiencia de fuego y agua, la vieja águila rejuvenece totalmente. Vuelve a tener plumas nuevas, garras afiladas, ojos penetrantes y el vigor de la juventud. Seguramente este mito constituye el sustrato del salmo 103 cuando dice: «El Señor me rejuvenece como un águila».

Fuego y agua son opuestos, pero cuando se unen se convierten en poderosos símbolos de transformación. El fuego simboliza el cielo, la conciencia y las dimensiones masculinas en el hombre y en la mujer. El agua, por el contrario, la tierra, el inconsciente y las dimensiones femeninas en el hombre y en la mujer. Pasar por el fuego y por el agua significa por lo tanto integrar en sí los opuestos y crecer en identidad personal. Nadie que pasa por el fuego o por el agua permanece intocado. O sucumbe o se transfigura, porque el agua, lava y el fuego, purifica.

El agua también nos hace pensar en las grandes crecidas que con su fuerza se llevan todo, especialmente lo que no tiene consistencia y solidez. Son los infortunios de la vida. Y el fuego nos hace imaginar los hornos que queman y acrisolan todo lo que no es esencial. Son las conocidas crisis existenciales. Cuando hacemos esa travesía por la «noche oscura y temible», como dicen los maestros espirituales, dejamos aflorar nuestro yo profundo. Entonces maduramos para lo que es auténticamente humano. Quien recibe el bautismo de fuego y agua rejuvenece como el águila del mito antiguo.

Pero, dejando aparte las metáforas, ¿qué significa concretamente rejuvenecer como águila? Significa hacer morir todo lo viejo que hay en nosotros para que lo nuevo pueda irrumpir y ser integrado. Lo viejo en nosotros son los hábitos y las actitudes que no nos engrandecen, como la falta de solidaridad con los pobres, el desinterés por el bien común, el deseo de tener razón y ventaja en todo, el descuido de la basura, el desperdicio del agua y la falta de respeto hacia la naturaleza. Todo esto debe morir para que podamos inaugurar una forma sostenible de convivencia entre los seres humanos y con todos los otros seres de la creación. En una palabra, significa morir y resucitar.

Rejuvenecer como águila significa también desprenderse de cosas que en su día fueron buenas y de ideas que fueron luminosas pero que lentamente fueron quedando superadas e incapaces de inspirar el camino de la vida.

Rejuvenecer como águila significa tener coraje para volver a empezar y estar siempre abierto a escuchar, a aprender y a revisar. ¿No es eso lo que nos proponemos cada nuevo año? Que el año que mañana se inaugura sea la oportunidad de preguntarnos cuánto de gallina -que no quiere otra cosa que escarbar la tierra- existe en nosotros, y cuánto de águila tenemos todavía, dispuesta a rejuvenecer y a enfrentarse valientemente a los tropiezos y a las crisis de la vida.

¡Que el Spiritus Creator nunca nos falte!

Leonardo Boff

En la silla de Galileo Galilei

2004-09-10


  El día 7 de septiembre se cumplirán 20 años de que me senté en la pequeña silla en la que se sentó también Galileo Galilei y Giordano Bruno, en el Palacio del Santo Oficio (ex-Inquisición), en Roma, para defender opiniones de mi libro «Igreja: carisma y poder». Ser convocado a comparecer ante la presencia de la más alta instancia doctrinal de la Iglesia no es un hecho corriente en la biografía de un teólogo. Remitiéndome al poeta chileno Pablo Neruda, es ciertamente memorable -y al mismo tiempo desgarrador- encarnar siquiera por un momento, la razón y el destino de todo un camino de pensamiento y de práctica eclesial con los pobres.

Subjetivamente es muy costoso sentir el peso de la institución milenaria de la Iglesia cayendo sobre tu cabeza. Más penoso todavía es sentir los límites de esta institución, pues percibe uno que, no raras veces, está más interesada por la seguridad que por la verdad, más por su propia imagen que por servir a la Causa de los humillados y condenados de la Tierra.

Pasados veinte años, hoy veo en aquel episodio algo providencial. El hecho fue publicitado y comentado en los principales medios de comunicación de todo el mundo. Por ahí, la opinión pública pudo entrar en contacto con otro tipo de Iglesia, despojada de poder, sencilla y profética, que hace cuerpo con los pobres y que, por eso, participa también de la maledicencia y de la persecución que ellos padecen. Pudo conocer también una teología que pone la vida en el centro, una teología que es elaborada con la mira puesta en la liberación histórico-social de los oprimidos, y no sólo en la edificación interna de la galaxia eclesial. La teología de la liberación se convirtió en tema de conversaciones en las calles, en los bares y en los círculos de intelectuales.

La opinión pública captó la dimensión ética de la liberación, una liberación que concierne a las grandes mayorías dolientes de la humanidad. Entendió la argumentación básica: los cristianos, por el hecho de ser seguidores del Nazareno, torturado y muerto en la cruz, están obligados a ser agentes de liberación. Es posible una teología que nazca de este compromiso, fiel a la gran Tradición, articulada contra la injusticia social y a favor de cambios estructurales. La imagen de Dios que de ahí surge es comprensible por todos: Dios está más interesado por la justicia que por el rito, más ligado al grito del oprimido que a las alabanzas de los piadosos. Son las prácticas y no las prédicas lo que cuenta.

Finalmente, por más que las autoridades se consideren «Eminencias Reverendísimas», no dejan de tener las limitaciones de la condición humana. Bien lo dijo el teólogo francés Yves Congar que me defendió en «La Croix» (8 sept 1984): «El carisma del poder central del Vaticano es el de no tener nunca ninguna duda. Ahora bien, no tener ninguna duda es, a la vez, magnífico y terrible. Es magnífico porque el carisma del centro consiste precisamente en permanecer firme cuando todo vacila alrededor. Y es terrible porque en Roma están hombres que tienen límites de todo tipo, en su inteligencia, en su vocabulario, en sus referencias y en su ángulo de visión. Y cayeron contra Boff». Pero me niego a mirarlos con la óptica del Gran Inquisidor. A su manera, pretenden también ellos servir a la verdad. En definitiva, es a ella y no a ellos a quien compete la última palabra.

A Roma fui y volví como teólogo católico. Ninguna doctrina fue condenada, sólo «opciones que ponen en peligro la fe cristiana». Pero las opciones pertenecen a la ética, no a la doctrina.

Soy consciente de que en todo este asunto fui un mero servidor. Hice simplemente lo que debía hacer, como corresponde a un servidor.

Leonardo Boff

Resonancia Schumann

2004-03-05


  No sólo las personas mayores, también jóvenes hacen la experiencia de que todo se está acelerando excesivamente. Ayer fue carnaval, dentro de poco será Pascua, un poco más y Navidad. ¿Este sentimiento es ilusorio o tiene una base real? La “resonancia Schumann” trata de explicarlo.

El físico alemán W.O. Schumann constató en 1952 que la Tierra esta rodeada de un campo electromagnético poderoso que se forma entre el suelo y la parte inferior de la ionosfera situada a unos 100 km por encima de nosotros. Ese campo posee una resonancia (de ahí el nombre de resonancia Schumann) más o menos constante del orden de 7,83 pulsaciones por segundo. Funciona como si fuera un marcapasos, responsable del equilibrio de la biosfera, condición común de todas las formas de vida. También se ha comprobado que todos los vertebrados y nuestro cerebro están dotados de esa misma frecuencia de 7,83 hercios. Empíricamente se ha constatado que no podemos ser saludables fuera de esta frecuencia biológica natural. Siempre que los astronautas, en razón de los viajes espaciales, quedaban fuera de la resonancia Schumann, se enfermaban. Pero sometidos a la acción de un “simulador Schumann” recuperaban el equilibrio y la salud.

Por miles de años el palpitar del corazón de la Tierra ha tenido esta frecuencia de pulsaciones y la vida se ha desarrollado en un relativo equilibrio ecológico. Sucede, sin embargo, que a partir de los años 80, y de forma más acentuada a partir de los años 90, la frecuencia se elevó de 7,83 a 11 y a 13 herzios. El corazón de la Tierra se disparó y de manera coincidente se hicieron sentir desequilibrios ecológicos: perturbaciones climáticas, mayor actividad de los volcanes, crecimiento de tensiones y conflictos en el mundo y aumento general de comportamientos desviantes en las personas, entre otros. Debido a la aceleración general, la jornada de 24 horas es, en realidad, solamente de 16 horas. Por lo tanto, la percepción de que todo está pasando demasiado rápido no es ilusoria, tendría una base real en este trastorno de la resonancia Schumann.

Gaia, ese superorganismo vivo que es nuestra Madre Tierra, debe de estar buscando formas de recuperar su equilibrio natural. Y lo conseguirá, pero no sabemos a qué precio, precio que será pagado por la biosfera y por los seres humanos. Aquí se abre un espacio para que grupos esotéricos y otros futuristas proyecten escenarios, ya dramáticos, con catástrofes terribles, ya esperanzadores, como la irrupción de la cuarta dimensión mediante la cual todos seremos más intuitivos, más espirituales y más sintonizados con el biorritmo de la Tierra…

No pretendo reforzar este tipo de interpretación. Solamente enfatizo la tesis -recurrente entre grandes cosmólogos y biólogos- de que la Tierra es, efectivamente, un superorganismo vivo, de que Tierra y Humanidad formamos una única entidad, como los astronautas declaran desde sus naves espaciales. Nosotros, los seres humanos, somos Tierra que siente, piensa, ama y venera. Y por serlo, poseemos la misma naturaleza bioeléctrica y estamos envueltos por las mismas ondas resonantes Schumann. Si queremos que la Tierra reencuentre su equilibrio debemos comenzar por nosotros mismos: hacer todo sin estrés, con más serenidad, con más amor -que es una energía esencialmente armonizadora-. Para eso hemos de tener el valor de enfrentarnos a la cultura dominante, que nos obliga a ser cada vez más competitivos y eficientes. Necesitamos respirar juntos con la Tierra para conspirar con ella para la Paz.

Leonardo Boff

¿Qué es el ser humano?

2003-11-07


  ¿Qué somos nosotros? Cada cultura, cada saber y cada persona trata de encontrar una respuesta. La mayoría de las comprensiones son insulares, rehenes de cierto tipo de visión. Sin embargo, las contribuciones de las ciencias de la Tierra, englobadas por la teoría de la evolución ampliada, nos han aportado visiones complejas y totalizadoras, insertándonos como un momento del proceso global, físico, biológico y cultural. Pero no acallaron la pregunta; al contrario, la radicalizaron.

Pues, ¿qué somos? El ser humano es una manifestación del estado de energía de fondo, de donde todo proviene (vacío cuántico), un ser cósmico, parte de un universo entre otros paralelos, articulado en nueve dimensiones (teoría de las cuerdas), formado por los mismos elementos físicoquímicos y por las mismas energías que componen todos los seres. Es habitante de una galaxia, una entre doscientos mil millones, que depende del Sol, estrella de quinta categoría, una entre otras trescientos mil millones, situada a 27 mil años luz del centro de la Vía Láctea, cerca del brazo interior de la espiral de Orión. Mora en un planeta minúsculo, la Tierra. Somos un eslabón de la corriente única de la vida, un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens, dotado de un cuerpo con 30.000 millones células, continuamente renovado por un sistema genético formado a lo largo de 3.800 millones de años, portador de tres niveles de cerebro con diez a cien mil millones de neuronas: el cerebro reptiliano, surgido hace 200 millones de años, alrededor del cual se formó el cerebro límbico, hace 125 millones de años, completado finalmente por el cerebro neocortical, surgido hace cerca de 3 millones de años, con el cual organizamos conceptualmente el mundo. Es portador de una psiqué de la misma antigüedad que su cuerpo, que le permite ser sujeto, una psiqué estructurada alrededor del deseo, de arquetipos ancestrales y de todo tipo de emociones, coronada por el espíritu -aquel momento de la conciencia por el cual se siente parte de un todo-, que lo hace siempre abierto al otro y al infinito, capaz de crear y captar significados y valores, y capaz de preguntarse sobre el sentido último del Todo, hoy en su fase planetaria, rumbo a la noosfera por la que mentes y corazones convergirán en una humanidad unificada.

Nadie mejor que Pascal (+1662) para expresar el ser complejo que somos: “¿Qué es el ser humano en la natureza? Nada comparado con el infinito y todo comparado con la nada, un eslabón entre la nada y el todo, pero incapaz de ver la nada de donde es sacado ni el infinito hacia el que es atraído”. En él se cruzan los tres infinitos: lo infinitamente pequeño, lo infinitamente grande y lo infinitamente complejo (Chardin). Siendo todo eso, nos sentimos incompletos, y naciendo todavía. Estamos siempre en la prehistoria de nosotros mismos. Y a pesar de eso experimentamos que somos un proyecto infinito que reclama su objeto adecuado, también infinito, llamado Dios.

Y somos mortales. Nos cuesta acoger la muerte dentro de la vida y el drama del destino humano. Por el amor, por el arte y por la fe presentimos que hay algo que va más allá de la muerte. Y sospechamos que en el balance final de todas las cosas, un pequeño gesto de amor verdadero que hayamos hecho vale más que toda la materia y la energía del universo juntas. Por eso, sólo tiene sentido hablar, creer y esperar en Dios si Él es sentido como prolongación del amor, en forma infinito.

Leonardo Boff

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Leonardo Boff

Leonardo Boff (n. 14 de diciembre de 1938) es un teólogo, filósofo y escritor nacido en Concórdia, Estado de Santa Catarina, Brasil, conocido por su apoyo activo a los derechos de los pobres y excluidos, y además al movimiento ecologista.

 Biografía

Es uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, junto con Gustavo Gutiérrez Merino.

En 1985, la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Joseph Ratzinger (hoy Papa Benedicto XVI) lo silenció por un año por su libro La Iglesia, Carisma y Poder, donde criticaba a la Iglesia Católica Romana.

Estuvo a punto de ser silenciado de nuevo en 1992 por Roma, para evitar que participara en el Eco-92 de Río de Janeiro, lo que finalmente lo llevó a dejar la orden franciscana, y el ministerio presbiteral.

Ha trabajado como profesor en los campos de teología, ética y filosofía en Brasil, además de dar conferencias en muchas universidades en el extranjero, como Heidelberg, Harvard, Salamanca, Barcelona, Lund, Lovaina, París, Oslo, Turín.

Boff ha escrito más de 100 libros, traducidos a muchas lenguas del mundo. En 1997, el Parlamento Sueco le otorgó el premio Right Livelihood.

Su nombre de pila es Genésio Darci Boff, pero como religioso adoptó el nombre de Leonardo.

 Obra

Editorial Trotta ha publicado gran parte de sus obras:

Picudo rojoMiguel ServetHerejesMapas antiguosTeosofiaTeoria liberacionLeonardo Boff

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